La semana pasada, vi una película titulada Chloe, de Atom Egoyan, en la que una mujer que se
acerca a los cincuenta (Julianne Moore) empieza a tener dudas en cuanto a la
fidelidad de su marido (Liam Neeson) con lo cual, decide contratar a una joven
prostituta (Amanda Seyfried) para que trate de seducir a su esposo y ver si
este cae en la tentación. Paga a esta joven para que le cuente con lujo de
detalles todos los encuentros con su esposo. No vamos aquí a hablar de la
calidad, o no, de esta película, que a mi parecer tiene sus aciertos y sus
torpezas, pero de lo que yo vi (y que quede claro que lo que ve
uno reflejado en la ficción son siempre sus propias preocupaciones).
Para mí,
se habla de la batalla de la juventud contra el envejecimiento, o mas bien, la
consecuencias del envejecimiento: la pérdida de confianza en sí, la duda.
Paradójicamente, Julianne Moore nunca me había parecido mas hermosa y radiante
pero había algo en los encuentros de estas dos mujeres, (alimentado por la
manera de filmar del director), en que mas allá de la rivalidad entre las ellas
por un hombre, era el enfrentamiento de dos edades de la mujer. Y lo que
resaltaba era la victoria absoluta de la juventud. Su fuerza, su garra, su descaro se imponían frente al dolor de la aceptación y la sumisión a la
cruel ley del tiempo. Julianne Moore, una mujer guapa, existosa, segura de sí,
perdía pie frente a la inevitable realidad: Chloe era mas joven y por lo tanto
mas deseable.
Ayer fui a ver Ricardo III 0.1, una obra escrita y
dirigida por un joven dramaturgo y director de escena, David Gaitán.
La puesta pretendía dar una interpretación generacional de la obra de
Shakespeare y por ello todos los miembros de su equipo, incluyendo el director,
tenían menos de 30 años. El montaje en sí tenía el sello muy particular de
David, que ha ido desarrollando una identidad propia muy definida. Se puede
decir que ya tiene un estilo, una personalidad que se expresa a través de sus
montajes. Una de sus características es precisamente esa, la juventud. Sus
obras transpiran juventud, en el buen sentido de la palabra. Huelen a este
sudor de los jóvenes cuando se emocionan, a hormona alborotada. Se desprendía
de esta puesta la misma energía y descaro que del personaje de Chloe. Una
especie de fuerza vital casi destructora que me hacía darme cuenta de lo lejos
que estaba yo de todo esto, en el tiempo, quiero decir; ese ímpetu, ese impulso
que tuve pero que claramente ya no siento. Creo que a medida que van pasando
los años, uno puede no perder esa insolencia pero se manifiesta de manera mas
sutil, menos agresiva: hay algo particularmente violento en la juventud que uno
va perdiendo a medida que van pasando los años. Darme cuenta de ello me produjo
la misma sensación que darme cuenta de que en Chloe, me identificaba con
Julianne Moore. Mi empatía iba hacia ella, a pesar de que probablemente tengo
la misma diferencia de edad con ella que con Chloé.
No estoy emitiendo ningún juicio
de valor. Sólo estoy diciendo que es así. Y con el riesgo de arruinarles la
sorpresa a los que quieren ver Chloe, les diré que finalmente triunfa la
madurez, que por si fuera poco, se alimenta cínicamente de la juventud para poder
seguir adelante cual Drácula rejuvenecido gracias a la sangre de sus víctimas. Y es, en mi opinión cuando la película pierde
toda su fuerza. En esta batalla, yo no creo que haya un vencedor y un
derrotado. Es lo que es, la ley de la vida. A los veinte años se tiene la fuerza vital pero en general uno no sabe quién es, ni lo que quiere. Mientras van pasando los años el cuerpo se deteriora pero paradójicamente creo que uno se siente cada vez mejor consigo mismo. Así que cuando veo Ricardo III, me doy cuenta de
lo lejos que estoy de aquella época pero tampoco estoy tan segura de que
quisiera regresar a ella.
Puede ser que perder la apariencia joven sea el
precio que hay que pagar para acceder a cierta serenidad interior.

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