lunes, 1 de octubre de 2012

El poder de la juventud.

La semana pasada, vi una película titulada Chloe, de Atom Egoyan, en la que una mujer que se acerca a los cincuenta (Julianne Moore) empieza a tener dudas en cuanto a la fidelidad de su marido (Liam Neeson) con lo cual, decide contratar a una joven prostituta (Amanda Seyfried) para que trate de seducir a su esposo y ver si este cae en la tentación. Paga a esta joven para que le cuente con lujo de detalles todos los encuentros con su esposo. No vamos aquí a hablar de la calidad, o no, de esta película, que a mi parecer tiene sus aciertos y sus torpezas, pero de lo que yo vi (y que quede claro que lo que ve uno reflejado en la ficción son siempre sus propias preocupaciones). 
Para mí, se habla de la batalla de la juventud contra el envejecimiento, o mas bien, la consecuencias del envejecimiento: la pérdida de confianza en sí, la duda. Paradójicamente, Julianne Moore nunca me había parecido mas hermosa y radiante pero había algo en los encuentros de estas dos mujeres, (alimentado por la manera de filmar del director), en que mas allá de la rivalidad entre las ellas por un hombre, era el enfrentamiento de dos edades de la mujer. Y lo que resaltaba era la victoria absoluta de la juventud. Su fuerza, su garra, su descaro se imponían frente al dolor de la aceptación y la sumisión a la cruel ley del tiempo. Julianne Moore, una mujer guapa, existosa, segura de sí, perdía pie frente a la inevitable realidad: Chloe era mas joven y por lo tanto mas deseable.
Ayer fui a ver Ricardo III 0.1, una obra escrita y dirigida por un joven dramaturgo y director de escena, David Gaitán. La puesta pretendía dar una interpretación generacional de la obra de Shakespeare y por ello todos los miembros de su equipo, incluyendo el director, tenían menos de 30 años. El montaje en sí tenía el sello muy particular de David, que ha ido desarrollando una identidad propia muy definida. Se puede decir que ya tiene un estilo, una personalidad que se expresa a través de sus montajes. Una de sus características es precisamente esa, la juventud. Sus obras transpiran juventud, en el buen sentido de la palabra. Huelen a este sudor de los jóvenes cuando se emocionan, a hormona alborotada. Se desprendía de esta puesta la misma energía y descaro que del personaje de Chloe. Una especie de fuerza vital casi destructora que me hacía darme cuenta de lo lejos que estaba yo de todo esto, en el tiempo, quiero decir; ese ímpetu, ese impulso que tuve pero que claramente ya no siento. Creo que a medida que van pasando los años, uno puede no perder esa insolencia pero se manifiesta de manera mas sutil, menos agresiva: hay algo particularmente violento en la juventud que uno va perdiendo a medida que van pasando los años. Darme cuenta de ello me produjo la misma sensación que darme cuenta de que en Chloe, me identificaba con Julianne Moore. Mi empatía iba hacia ella, a pesar de que probablemente tengo la misma diferencia de edad con ella que con Chloé.
No estoy emitiendo ningún juicio de valor. Sólo estoy diciendo que es así. Y con el riesgo de arruinarles la sorpresa a los que quieren ver Chloe, les diré que finalmente triunfa la madurez, que por si fuera poco, se alimenta cínicamente de la juventud para poder seguir adelante cual Drácula rejuvenecido gracias a la sangre de sus víctimas. Y es, en mi opinión cuando la película pierde toda su fuerza. En esta batalla, yo no creo que haya un vencedor y un derrotado. Es lo que es, la ley de la vida. A los veinte años se tiene la fuerza vital pero en general uno no sabe quién es, ni lo que quiere. Mientras van pasando los años el cuerpo se deteriora pero paradójicamente creo que uno se siente cada vez mejor consigo mismo. Así que cuando veo Ricardo III, me doy cuenta de lo lejos que estoy de aquella época pero tampoco estoy tan segura de que quisiera regresar a ella. 
Puede ser que perder la apariencia joven sea el precio que hay que pagar para acceder a cierta serenidad interior.

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